| Vendedores y servicios ambulantes |
Hay momentos en los que retornan a mi memoria voces y sonidos familiares: la siringa del afilador, el triángulo del barquillero, el manisero con su corneta, el “diareooo” del canillita. Pero ya no están, pertenecen a un ayer que sólo vive en el recuerdo de unos pocos que, como yo, en el mejor de los casos, todavía peinan canas.
Y mis recuerdos también alcanzan al vendedor de helados Noel con gusto a crema, limón o chocolate, transportados en un triciclo con cajuela forrada en cinc.
O al vendedor de pescados voceando “peyerreye fresco”, y sus dos canastas con la mercancía protegida por una arpillera húmeda, y sostenidas por una caña apoyada en el hombro.
Los lecheros tenían su hermoso carrito fileteado, tirado por un caballo con montura decorada con brillantes tachas de bronce. Al grito de ¡léééchero!! bajaba de su carrito con un tarro y una medida para medir la leche que, si no había sido muy “bautizada”, mostraba en la superficie los “ojos” de grasa desconocidos por los niños de hoy.
En mi casa tuvimos nuestro lechero hasta que, cursando el Doctorado en Química, en una práctica de Bromatología analicé el líquido que estábamos tomando. No hubo dudas que se excedía en la dilución. Y pasamos a comprar la leche de La Martona que venía en botella verde con un sello de aluminio.
Conocí al hielero, que trozaba con su serrucho la barra, y nos vendía el “yelo” que, envuelto en una bolsa de yute y colocado en la pileta para lavar la ropa o en una heladera de madera forrada interiormente con cinc, mantenía fresca nuestra bebida,
 |
|
 |
| Infaltable personaje en la plazas de ayer fue el manisero, con sus maníes y lupines calentitos. En la imagen de la izquierda, un niño vendiendo ajos en 1920, aproximadamente. |
Vi pasar los vendedores de frutas empujando su carro al grito “duraznos a 20 el ciento” o de ¡“sandia” calada, “sandia” colorada!!, mientras una sandía mostraba su interior rojo salpicado por el negro de sus semillas.
Con menos frecuencia, podíamos observar al vendedor de pavos, que trababa las patas del animal elegido por el cliente con una varilla larga, para poder tomarlos, o el de pollos, que los llevaban vivos en jaulas
El sonido de una corneta anticipaba la llegada del carrito rojo tirado por un caballo, de la Panificación Argentina, que ofrecía el pan Lactal, de gusto y formas característicos.
El barquillero nos hacía girar su “ruleta”, que indicaba la cantidad de los apetitosos barquillos que nos daría por diez centavos, y al “pirulinero” le comprábamos esos caramelos, con forma de conos puntiagudos y un palito para sostenerlos, que se nos pegaban tenazmente a nuestros dientes al morderlos.
Mis ojos de purrete también conocieron al mimbrero (sentado en la vara, con el pie apoyado en el pescante), y el lento desplazamiento de su carro, colmado de artículos de mimbre (sillas, hamacas, canastos) y plumeros, haciendo un casi milagroso equilibrio mientras se balanceaban.
Muy familiar fue el característico pregón del botellero mientras empujaba las varas de su carro, abarrotado de cosas que ya no tenían utilidad en nuestras casas,: ¡Boteiéééro, boteias, diarios, camas viejas ... algo para vendeeer!. Utilizaba una “romana” de conocida dudosa exactitud para pesar los diarios o los metales que compraba. Si bien tiene pocas coincidencias en su forma de trabajar con los actuales “cartoneros”, los dos son la imagen de un mismo drama que lacera mucha gente: la pobreza.
|