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Tratando de no fatigar al lector, intentaré recuperar y compartir, luego de muchos años, mis recuerdos infantiles lo más fielmente aunque, al decir de Gabriel García Márquez ¨La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla¨
Pasé mi niñez, desde el año 1935, en una casa ubicada en Triunvirato casi esquina Plaza. De lunes a sábados concurría al colegio en turno mañana, ya que en los estatales no existían los de jornada completa. Y a pesar que el último año era el sexto, el ciclo primario duraba siete, pues eran dos los primeros, el superior y el inferior.
No existía ningún estudio antes del primero inferior, cuando comenzábamos a luchar contra nuestra torpeza manual, haciendo tediosos ejercicios de palotes en el cuaderno borrador, con el Faber de mina blanda.
Después de los "deberes" (tal vez resolver alguna rebelde regla de tres compuesta o hacer una rutinaria composición), podía encontrarme mis amigos de barrio y compartir los juegos habituales de esa época.
Lógicamente, el fútbol tenía nuestras preferencias. Abundaban las calles con poco tránsito, así que nuestra mayor preocupación era no "colgar" la pelota o que no nos sorprendiera la llegada del "autito" de la policía (la "cana"), llamado por algún vecino molesto por nuestros gozosos gritos.
Muchas veces la pelota consistía en una media rellena con trapo, que tenía algunos inconvenientes como el de no picar y que mojada era pesada, aunque ocasionalmente podíamos hacer una "vaquita" y reunir veinte centavos (o “guitas”) y comprar una "Pulpo" de goma, de finas rayas blancas y rojas.
También fueron juegos usuales el rango, balero (a veces la necesidad hacía que se reemplazara la bocha de madera por una lata de conserva), el "yo-yo" y la bolita, "Cachurra" monta la burra, el vigilante-ladrón, trompo, las escondidas, la carrera con los autitos rellenos con masilla y en los días ventosos de otoño remontábamos barriletes, confeccionados por nosotros mismos.
Triunvirato,de Elcano a Chorroarín, tenía una franja central con maleza y rieles, por dónde circulaban los tranvías. Allí, durante los veranos, perseguíamos las entonces abundantes mariposas, con unas ramas de paraíso despojadas de sus hojas o colocábamos clavos para que el paso del tranvía los convirtieran en limpiauñas.
Un palo de escoba podría transformarse, según nuestros deseos y habilidad, en billarda, zancos o espada.
En oportunidades con rulemanes usados hacíamos monopatines o carritos, no siempre con los materiales y diseños adecuados. Después de dos o tres porrazos resolvíamos el problema y seguíamos jugando. Jugábamos siempre. Tal vez por eso, aunque no hubiera alimentos dietéticos, no habían muchos purretes obesos.
En momentos tratábamos de caminar manteniendo, con un alambre, el giro de algún aro viejo, tal vez una rueda de algún inservible triciclo o bicicleta.
Como se ve eran juegos simples, hechos con más imaginación y voluntad que elementos o medios económicos.
Pero con ellos nos fuimos formando como individuos, aprendiendo a trabajar en equipo, adquirir y compartir las nociones de amistad y solidaridad.
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